La contaminación lumínica
 

Desde el descubrimiento a finales del siglo XIX de la primera bombilla eléctrica, la luz artificial ha sido un factor culturalmente ligado a nuestro desarrollo. El crecimiento urbano no se ha podido concebir sin un aumento exponencial del alumbrado nocturno. Y en ese camino hemos llegado a un punto en el que la iluminación artificial casi es utilizada como alarde de nuestro grado de desarrollo. Ya no sólo queremos la luz para ver, sino además para ser vistos, consiguiendo en muchos lugares transformar la noche en día.

Sin embargo, comenzamos poco a poco a percibir algunos de los efectos negativos de una iluminación excesiva y a cuestionarnos la amplitud real de sus consecuencias.


¿Por qué producimos contaminación lumínica ?

La contaminación luminosa es el resultado de la pérdida o de la emisión innecesaria a la atmósfera de energía lumínica o de flujos de luz artificial.

Cuando enviamos la luz hacia el cielo en lugar de utilizarla para iluminar el suelo, esta choca con los gases y las partículas del aire, que producen su reflexión y difusión.

El fenómeno se manifiesta no sólo en el brillo o el resplandor de nuestras ciudades en el cielo nocturno, sino además afectando a la investigación astronómica, a la salud de los ecosistemas y en último término a la calidad de vida de las personas.


¿Por qué queremos iluminar las nubes ?













El mal apantallamiento de las luminarias deja escapar luz por encima del plano horizontal. Esta luz, inútil para nosotros puesto que no ilumina lo que necesitamos ver, es la causa de múltiples efectos indeseables y supone un derroche energético irracional.


La energía desperdiciada puede suponer entre un 25 y un 40% de la factura mensual del alumbrado público de cualquier ciudad importante.   

Para evitar este problema bastaría con utilizar luminarias con una coraza reflectante, capaz de dirigir la luz emitida justamente hacia el lugar que pretendemos iluminar.

El uso de estos proyectores en el alumbrado exterior evitaría la pérdida de mucha cantidad de luz.













Ejemplos de luminarias contaminantes













































¿Por que usamos luz que no vemos?

Generalmente llamamos LUZ a cualquier radiación electromagnética capaz de ser percibida por el ojo humano. Sin embargo, el espectro electromagnético abarca un intervalo de radiaciones mucho más amplio, que incluye desde los rayos gamma o los rayos x, hasta las ondas de radio de muy baja frecuencia.

















La LUZ es una pequeña región del espectro electromagnético que perciben nuestros fotosensores. Dentro de esta región visible del espectro distinguimos las diferentes longitudes de onda de una radiación (y su energía) como colores distintos, variando entre el azul y el rojo de menor a mayor longitud de onda.

Cuanto mayor longitud de onda, menor frecuencia y por tanto menor energía. Los órganos de la visión de innumerables organismos vivos son sensibles a  longitudes de onda menores (ultravioleta) o mayores (infrarrojo) de lo que llamamos espectro visible.

Incluso muchas plantas utilizan señales de este tipo para atraer a los polinizadores hacia sus flores.

Las lámparas que usamos hoy en día generan luz, pero además emiten radiación que no vemos al quedar fuera de la región visible del espectro electromagnético. Las fuentes de luz eléctrica de uso más extendido son las LÁMPARAS DE INCANDESCENCIA y las LÁMPARAS DE DESCARGA.


Los tipos de lámparas menos contaminantes son también las más eficaces del mercado. Las más nocivas son las que emiten en el ultravioleta. Las menos perjudiciales son las de vapor de sodio a baja presión, al emitir prácticamente en una línea estrecha del espectro, dejando limpio el resto del mismo. Su consumo es 5 veces menor que el de las lámparas incandescentes, 2'2 veces menor que las de mercurio y 1'5 veces menor que las de vapor de sodio a alta presión y las fluorescentes.